La importancia de llamarse Pepe

Dia San Jose

Especial Día de San José 

No hay que darle más vueltas, eso de que a los José nos llamen Pepe tiene su miga y su historia. La miga –que no se ofendan los Albertos, Luises, Virtudes, Lolas o Felipes– se debe a un Gabriel (García Márquez) que al leer de un personaje la esquemática y ágil definición de que “tenía cara de llamarse Roberto, pero se llamaba José” razonó en 1952, cuando probaba a ser periodista en el diario El Heraldo de Barraquilla, que José “es uno de los nombres más difíciles de acomodar, pues debe corresponder a un hombre de facciones vigorosas y equilibradas”.

No pondré en duda, como Pepe practicante que soy, juicio tan generoso. No hay que irse a los antiguos para comprobar que José, el onceno hijo de Jacob, lució inmejorable parecido –“era José de hermoso semblante y de bella presencia”, dice el Génesis– y volvió loca a la mujer de Putifar, a la que le hizo ver que los Pepes no somos personas facilonas, al desdeñar los ofrecimientos que gratuita e insistentemente le brindaba la egipcia. Lo que no quiere decir que seamos una especie sosa y maleducada. Ni hablar. Muchos, de hecho, cuando se divierten reconocen que se lo han pasado como un Pepe, lo que dice bien de nuestro carácter alegre y animoso.

Es cierto que al tocayo José, el onceno hijo de Jacob, su negativa pudo valerle cierta fama de antipático y le costó acabar en la cárcel tras una falsa acusación de acoso sexual que en venganza a no salirse con la suya le tejió la mujer de Putifar, pero a cambio se convirtió en una especie de Freud bíblico (por su afición en prisión a interpretar sueños), en una indudable adelantado de la teoría económica (por lo de las vacas gordas y las vacas flacas) y –lo que es más importante– en personaje de una zarzuela: La corte del Faraón.

Otra cosa es la historia del nombre. Sé que muchos y muchas se lo han preguntado y no han hallado respuesta. ¿Por qué los José se llaman Pepes, los Francisco Paco o los Joaquines Chimos? Nada puedo decir de los segundos y terceros pero sí puedo atreverme a aclarar lo de los primeros, naturalmente porque ser uno de ellos ha suscitado en mí un interés especial. Parece ser que en tiempos de cristianismo clandestino, allá por Roma, cuando se referían a San José le añadían la condición de Pater Putativus de Jesús. En algunas catacumbas ya se simplificó el latinajo con las iniciales PP, sin que tuvieran entonces ninguna connotación política. La práctica se extendió a los santorales. Y en algunos, bajo la fecha del 19 de marzo, empezó a leerse algo así: “San José, P.P. de Jesús”, con lo que los José de entonces pasaron a llamarse de otra manera, tradición que los de ahora conservamos.

Pero lo que no explicó Gabriel García Márquez, al que estamos muy agradecidos por la visión tan precisa que tuvo de los José, es una condición trascendental de nuestro nombre que no debe pasar desapercibida. Me refiero a los efectos poéticos que produce. Y ejemplo irrefutable de que Pepe es nombre sumamente apto para la poesía es el caso de aquella señora, casada con un José, que para colmo de alegrías mantenía una gata preciosa en su piso que su marido, con la bondad y amor a los animales que define a los Pepes, había recogido en la calle años atrás. Una gata, parece ser, educadísima y muy considerada sobre todo con las amigas de su ama –ya fueran vecinas, paisanas o primas lejanas–, una gata que poseía el virtuosismo de maullar como un ruiseñor y recordaba a Joselito. Hasta el punto de que la señora, cuando recibía a alguien, jamás pasó por alto el momento sublime de que admirasen las habilidades de la felina doméstica.

Y lo hacía anunciando la maravilla con el recitado de una quintilla que había leído en algún lugar y se sabía de memoria: Una gata encantadora / tengo, van a verla ahora, / es una cosa divina. / ¡Pepe, saca la minina / que la vea esta señora!”. Y Pepe, que estaba al tanto, no defraudaba. Al segundo sacaba la minina, le daba un par de palmaditas, la acariciaba, la acicalaba, la ponía vistosa y le animaba a que hiciera cosas graciosas que solían dejar boquiabiertas a las providenciales espectadoras, que unas veces decían “¡no he visto otra igual!” y otras preguntaban “¿y qué tal se porta?”, a lo que su dueña, con una sonrisa de complacencia y regodeándose por dentro por la admiración causada, respondía que muy bien porque la cuidaba mucho.

—¿Verdad, Pepe?

JOSÉ FERRANDIZ LOZANO

Anuncios


Categorías:Opinión

Etiquetas:, ,

1 respuesta

  1. Muy bueno pepe, a ver si también averiguas de donde viene el paco de los francisco. Y muchas felicidades por pepe y padre.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: