Placer y creatividad del Belén

belenEl Belén es una manifestación arraigada en la vida cotidiana de países mediterráneos, un mundo tan válido para quien lo realiza desde la devoción religiosa como para quien lo entiende como expresión cultural. Mientras que el árbol de Navidad –la recreación de un abeto más propio de lugares fríos y nevados que del sur europeo, normalmente soleado– se expande desde hace décadas procedente de las culturas nórdicas y anglosajonas, el Belén resiste con su atractivo artístico y un poco misterioso.

Misterioso porque no todo el mundo es consciente de que al ver un Belén contempla una mezcla de escenas bíblicas y no bíblicas, dado que algunas se basan en pasajes de evangelios apócrifos. Representar el nacimiento en una cueva, aceptar la presencia de la burra y el buey o el hecho de que los reyes magos sean tres, así como sus nombres, no son informaciones que puedan encontrarse en los evangelios canónicos sino en otros que fueron descartados: el Protoevangelio de Santiago, el Pseudo Mateo, el Liber de infanti Salvatoris o los evangelios árabe y armenio de la Infancia.

Pero por encima de cuáles sean sus fuentes de inspiración, lo admirable de un Belén son las posibilidades creativas para montarlo, ya sea por parte de esmerados artesanos –la Comunidad Valenciana cuenta con muy buenas asociaciones belenistas– o por parte de cualquier montador doméstico. No han faltado personajes que hayan confesado el placer intelectual de imaginar un Belén y realizarlo. Siempre recuerdo el testimonio del historiador Claudio Sánchez Albornoz en un artículo de 1977, escrito a sus ochenta y cuatro años. Reconocía que ese placer no lo había percibido únicamente de niño sino también como adulto.

Al montar el Belén, decía, sentía la emoción creadora “alzando montañas, abriendo ríos, creando colinas y praderas, sembrándolas de caseríos y poblándolas de pastores y ganados”. Incluso con edad avanzada se veía capaz de pasarse un día entero con el montaje, junto a la chiquillería de la casa. “Iba irguiendo cerros y aplanando los llanos. Después los cubría con musgo o con cortezas de grandes árboles que semejaban peñas; los adornaba con palacios, torres, casas, molinos; trazaba con arena caminos y calzadas y ríos con espejos o con hojas de lata preparadas para que pudiera el agua circular por ellas y construía después algunos puentes”. Es la versión más casera de una manifestación cultural que, en su caso, seguía consumando –y de ello se jactaba– tras haber publicado varios libros, ser ministro de Estado y ser rector de Universidad.

JOSÉ FERRÁNDIZ LOZANO

Artículo original: “Plaer i creativitat del Betlem”, de José Ferrándiz Lozano (suplemento cultural “Arts” del diario El Mundo, 23-12-2016).

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Categorías:Opinión

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