Rafael Altamira, un poco de todo

Rafael Altamira

Rafael Altamira (Alicante, 1866 – México, 1951)

El alicantino Rafael Altamira tenía muy claro su proyecto personal cuando estudiaba Derecho en la Universidad de Valencia, cuya licenciatura culminó en 1886. El mismo lo recordó: no pensaba ser abogado, ni notario, ni registrador. A su profesor Eduardo Soler, el institucionista nacido en La Vila que impartía Derecho Político, se lo dijo mientras almorzaban al borde de una acequia de la huerta valenciana: “Quiero ser catedrático”. Y Soler le previno: “Es carrera de pobres”.  Pero la determinación del alumno era firme: “No es el dinero lo que me importa en la vida”. Con treinta y un años, Altamira conseguía su objetivo al ganar la cátedra de Historia del Derecho en la Universidad de Oviedo en 1897. Posteriormente se trasladaría a la Universidad Central de Madrid para ocuparse a partir de 1914 de la cátedra de Historia de las Instituciones Políticas y Civiles de América.

No fue sólo historiador. Su trayectoria simultaneaba distintos campos: publicó textos literarios, entre ellos una novela titulada Reposo; se convirtió en un pensador político vinculado al regeneracionismo, al americanismo y al pacifismo; fue una firma aliadófila durante la I Guerra Mundial, senador del partido liberal, pedagogo, director general de Primera Enseñanza, miembro de la Real Academia de la Historia y de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Juez internacional del Tribunal de La Haya y candidato dos veces al Premio Nobel de la Paz, la segunda ocasión en 1951, el año en que murió en su exilio mejicano meses antes del fallo de la academia sueca, lo que invalidó sus posibilidades.

Y aunque la obra de Altamira tuvo dimensión internacional, también introdujo en ella estudios sobre su tierra natal. Recientemente se ha reeditado Derecho consuetudinario y economía popular de la provincia de Alicante por parte del IAC Juan Gil-Albert, un trabajo premiado por al Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, que lo editó en 1905.

El libro era el resultado de una colaboración previa en un proyecto de Joaquín Costa. El texto se inscribía dentro de una corriente crítica que consideraba que el Código Civil de 1888 dejaba tapadas, por decirlo de algún modo, muchas costumbres territoriales donde no se habían mantenido los derechos forales. La investigación de Altamira ponía en papel impreso costumbres arraigadas en poblaciones distintas: aspectos familiares de noviazgos, entierros o herencias, cuestiones agrícolas y de disposición del agua, organización de cofradías pesqueras, sociedades de socorros mutuos o asociaciones obreras, e incluso noticias sobre funcionamiento industrial o jornales. Por todo eso, la obra posee un interés histórico indudable.

JOSÉ FERRÁNDIZ LOZANO

Artículo original: “Rafael Altamira, un poc de tot”, de José Ferrándiz Lozano (suplemento cultural “Arts” del diario El Mundo, 14-9-2017).

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Categorías:Opinión

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