El día en que se paró una partida de cartas en Villena y la memoria de un pacto antiguo: recuerdos con Soler

José Ferrándiz Lozano en la Fundación José María Soler

Discurso de apertura en el acto de entrega de los Premios a la Investigación de la Fundación José María Soler. Villena, 1 de diciembre de 2018.

* * * 

Ayer viernes, al salir de una reunión en el edificio de rectorado de la Universidad de Alicante, no pude evitar pararme en una de las salas que acogen en sus paredes las fotografías de los doctores honoris causa. Me paré pensando precisamente en este acto: porque lo que hice fue buscar la foto de José María Soler. Luego, por la tarde, leí en internet el discurso que pronunció en su investidura el 30 de noviembre de 1985, donde expuso su vida y su actividad.

Naturalmente no me pasó desapercibido el recuerdo que hizo en aquella intervención a su ingreso en 1968 en el Instituto de Estudios Alicantinos, de la Diputación de Alicante, la entidad que hoy lleva el nombre de Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert. Soler pasó a formar parte de la Sección de Historia y Arqueología, la misma que inauguró después una de sus series de libros con una obra suya: La Relación de Villena de 1575. También mencionó el Cancionero Popular Villenense, anunciando entonces su inminente edición por parte del Gil-Albert. Soler fue, por tanto, una persona vinculada a la institución que hoy represento aquí, en la que publicó tres libros más: El polifonista villenense Ambrosio Cotes, Excavaciones arqueológicas en el Cabezo Redondo y Diccionario villenero.

Y también la Diputación de Alicante, que en 1976 editó su volumen Villena. Prehistoria, historia y monumentos para presentarlo en el Día de la Provincia que se celebró en esta ciudad, le reconoció con la Medalla de Oro en 1992, momento que reproduce la foto utilizada en la cartelería e invitaciones a esta gala. Años después de su fallecimiento, el Gil-Albert volvió a ocuparse de su figura al editar la biografía El villenense José María Soler, de Alfredo Rojas. Se editó en 2005, el mismo año que en que otra institución de la Diputación, el MARQ, dedicó una exposición al tesoro de Villena.

Si inicio mi exposición con esta relación es para dejar fuera de duda que mi sentimiento aquí es el de estar hablando de alguien de la casa, de alguien que forma parte del legado cultural de la institución que dirijo, que es a su vez un legado público, de todos. Y por ello deseo agradecer esta invitación a hablar desde esta tribuna a mis compañeras y compañeros de la Junta Rectora de la Fundación José María Soler, al presidente el alcalde Francisco Javier Esquembre, la directora Loli Fenor.

Pero tengo que confesarles que, una vez expuestas estas relaciones institucionales, me resulta difícil abstraerme de lo personal y desligarme del recuerdo de algunos encuentros que tuve con Soler. Fueron pocos, pero no se han ido de la memoria.

Hace treinta años se cumplía el 25 aniversario del descubrimiento del Tesoro de Villena. Por ese motivo llamé al Museo arqueológico para localizarle –ya nos conocíamos personalmente– y concertar una entrevista con él para el diario La verdad. Vine el día concertado desde Alicante y me habló del descubrimiento del tesoro, contándome el proceso que llevó al hallazgo de un modo que a mí me parecía, y me sigue pereciendo, novelesco.

Soler, desde luego, ponía un acento especial al relatarlo, colocando a cada personaje en el sitio adecuado para componer un argumento al que no la faltaba cierta intriga: un joyero al que le llevan dos piezas enigmáticas a valorar, una llamada de teléfono que avisa al arqueólogo, indagaciones con las personas que podían informar sobre la procedencia de las piezas, una comitiva reducida buscando a partir de entonces evidencias en una zona en obras fuera de la población, el atardecer que se les echa encima, la luz del día que se va perdiendo, una búsqueda tenaz que no acaba de dar sus frutos, un venturoso golpe de azada ya tardío, el hallazgo por fin de una vasija con piezas de oro, dos chicos entre los pocos testigos a quienes se les manda a la ciudad para darle el recado a un abogado de que envíe un fotógrafo, las fotografías antes de levantar lo hallado, el traslado posterior de todo a casa del arqueólogo… Pero he aquí que al llegar a esa casa un vecino se cruza, y al poco la noticia se sabe ya en Villena, no tardando en acudir unos cuantos curiosos.

Así le gustaba contarlo a Soler, así se ha contado muchas veces.

“Yo lo único que sentí fue responsabilidad”, declaró en la entrevista. “Se lo dije a los dos chicos que venían conmigo: no sé si os daréis cuenta, pero en este momento nos está mirando el mundo”.

Sin embargo, en esta conversación de 1988 narraba otra cosa: decía que en Villena ocurrió aquel año algo más prodigioso y difícil, algo que –bien mirado– elevaba la trascendencia del momento. Lo contaba con humor porque, si lo pensamos serenamente, solo en los grandes acontecimientos que se sabe van a perdurar puede consumarse algo así.

Como si el hallazgo de un tesoro no fuera suficiente para el impacto emocional de una ciudad, todavía tuvo que provocarse una cosa que, según el entrevistado, era la primera vez que sucedía. “Está el Villenense al lado, es un Círculo”, me decía. “Jugando a las cartas, jugando al dominó. Se dejaron todas las partidas. ‘¡Que hay un tesoro en la casa de Soler!’. Se dejaron el dinero, las fichas, las cartas y se vinieron todos a casa”. Y tras decir eso, añadía: “Eso no ha sucedido jamás. Ya se sabe lo que son los jugadores, ¿no? Que truena, pues es igual. Ellos siguen. Que pasa la música, lo mismo da. Ellos siguen”.

Así era Soler; con ese humor fino, a veces un poco socarrón.

Pero he de decir que mis encuentros con él tuvieron otro frente temático, ajeno al tesoro. De hecho, al solicitarle la entrevista yo le conocía de dos años antes, cuando en 1986 coincidimos como ponentes para presentar un libro sobre el Tratado de Almizra en Alicante. El volumen reproducía el texto teatral de la escenificación de este suceso medieval que se celebra cada año al aire libre en Campo de Mirra, mi pueblo natal. La introducción histórica del libro era de Soler, y en el acto también participaba Salvador Domenech, el autor de la versión escénica. Soler tenía 81 años, yo solo 26, por lo que mi papel era claramente el de un aplicado telonero.

La memoria de un pacto antiguo como el de Almizra debe también cosas al historiador villenense. No sólo por esa introducción sino por sus interpretaciones de algunos topónimos para esclarecer un tramo de la frontera que negociaron en 1244 Jaime I el Conquistador y el infante Alfonso, futuro rey Alfonso X el Sabio, fijando los límites al sur del Júcar de las Coronas de Aragón y Castilla. Una línea que todavía perdura como frontera lingüística y que explica por qué en Villena o Sax se habla en castellano y en pueblos vecinos como Biar o el propio Campo de Mirra se habla en valenciano.

Hoy la representación anual del Tratado de Almizra al aire libre es un acto consolidado, con una trayectoria de más de cuarenta años que se inició en 1976 para conmemorar el VII Centenario de la muerte de Jaime I. Pero pocos saben, o pocos recuerdan, que Soler fue antes de la representación una de las voces que sugirió convertir el acontecimiento medieval en una escenificación teatral.

En 1973 había firmado un artículo en el programa de fiestas del pueblo donde apostaba por la iniciativa, y donde decía que si los parlamentos y representaciones se cuidaban, el escenario se preparaba de manera espectacular sin excluir el rigor histórico y los personajes se vestían con la ostentación que su linaje reclamaba, la representación anual podría conseguir en plazo no lejano –así lo expresaba– un lugar muy señalado entre las fiestas de estilo medieval que tan de boga estaban en aquellos momentos. Entonces esa propuesta no era más que una ilusión de un grupo reducido, al que Soler sumó su prestigio. Una ilusión que se hizo realidad tres años después.

No voy a extenderme más porque los verdaderos protagonistas del acto de hoy son los ganadores en las distintas modalidades de los Premios a la Investigación José María Soler, a quienes felicito.

Solo deseo concluir afirmando que el recuerdo de la entrevista realizada en 1988, durante la cual me brindó una visita guiada por el Museo como a él le gustaba ofrecerlas, dejando para el final el punto culminante de la contemplación del tesoro, como si se tratara de la apoteosis última de un castillo de fuegos pirotécnicos, la entrevista, digo, y su aproximación investigadora al Tratado de Almizra, que me llevó además a leer y analizar sus escritos cuando preparé mi libro Data Almizrano en 1994, fueron dos hilos de conexión que he querido recuperar esta noche ante ustedes.

Pero sobre todo diré que a Soler le sigo recordando como el hombre que el 1 de diciembre de 1963 consiguió dos logros inconmensurables: entregarle a su ciudad, junto al equipo que le acompañó, el mayor de sus tesoros arqueológicos, y provocar un prodigio insospechado, inaudito. Porque el 1 de diciembre de 1963 es también la fecha del día en que se paró, al menos, una partida de cartas en Villena.

JOSÉ FERRÁNDIZ LOZANO, director cultural del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert

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