Juan Gil-Albert, el autor de una obra humanística

José Ferrándiz Lozano ante el Consell Valencià de Cultura, presidido por Santiago Grisolía (Foto: Miquel Hernandis, El Mundo)

Discurso pronunciado ante el Consell Valencià de Cultura en el IAC Juan Gil-Albert, 25 de marzo de 2019.

Señor Presidente del Consell Valencià de Cultura, señoras consejeras, señores consejeros.

Hubo un día en el que Juan Gil-Albert tuvo que hacerse cargo de un tesoro.

Fue unos meses después de regresar del exilio americano. El escritor alcanzó un alto grado de emotividad cuando contó su llegada a Valencia en agosto de 1947, a mediodía, en un tren procedente de Madrid, donde había aterrizado su avión.

Al entrar el tren en la Estación, con el viajero ya de pie en el último tramo de recorrido, percibió que le esperaba su cuñado el médico Venancio Aura, de cuarenta años. No estaba sólo: le acompañaba su mujer, hermana de Gil-Albert, con una niña en brazos de cuatro meses, la quinta de sus hijos.

Todavía con el tren en movimiento, más cerca y lento, notó en su hermana una “expresión conmovida”; y sobre todo percibió en su cuñado una mirada distinta, que en un principio atribuyó a la emoción y extrañeza por el tiempo transcurrido. Con la parada del tren en la marquesina final se cerraba un paréntesis de ausencia de ocho años.

Horas después conoció el motivo de esa mirada distinta del cuñado. Tras comer con los padres de Gil-Albert, ambos pasearon un momento por el jardín. Y entonces Venancio Aura pronunció una confesión que se convirtió para el escritor en uno de esos instantes íntimos y decisivos que marcan una biografía. “Tú vienes y yo me voy”, le dijo. Y a continuación le reveló que le quedaban seis meses de vida.

Hay instantes que sin tener ninguna solemnidad adquieren una trascendencia superior, enorme. Y tan íntima como esa conversación, y acaso más determinante, fue la carta de Venancio que recibió Gil-Albert cuatro meses después. De aquel escrito surgía un compromiso humano.

Porque en unas líneas recibía el más conmovedor, y posiblemente el más difícil, de los encargos: el cuidado de un tesoro. “Me pesa horriblemente–decía el cuñado– contemplar este tesoro mío de mujer y mis hijos en medio de una noche tan dura e incierta, pero tengo confianza en ti tan apegado a lo que es tuyo y de tu sangre y sé cierto que si llega enteramente a tus manos este tesoro será para ellos la mejor suerte”.

Venancio Aura falleció en marzo, tres meses después de esta carta. En la manera de recordar Gil-Albert todo su final, en la manera de escribirlo y contarlo, se apreciaba una grandísima humanidad. Y alguien tocado de esa humanidad, de esa capacidad de emocionar y de emocionarse, solo podía trasladar en el total de su obra literaria un humanismo avanzado, que es el que hoy queremos celebrar.

El Consell Valencià de Cultura y el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, de la Diputación de Alicante, están fuertemente relacionados por la figura de Juan Gil-Albert. En 1983 el que fuera llamado Instituto de Estudios Alicantinos cambió su nombre y pasó a ser llamado Instituto de Estudios Juan Gil-Albert, en homenaje al autor alcoyano que una vez regresado del exilio exterior pasó por un exilio interior en el que fue, en algunas de sus obras, un escritor en clandestinidad, creador de libros que no podía editar en la dictadura y que esperaron a emerger con su recuperación editorial de los años setenta. Y en 1986 –otra fecha–, al celebrarse la sesión constitutiva del Consell Valencià de Cultura creado legalmente en 1985, Juan Gil-Albert fue su primer Presidente.

Este es un vínculo de unión poderoso entre las dos instituciones, que en este año de 2019, cuando conmemoramos el 25 aniversario de su muerte, confluimos en esta sesión.

Encontrarse en Gil-Albert supone encontrarse en lo que más le apasionó, la Cultura, que es a su vez el mejor lugar de encuentro, y en nuestros tiempos –por qué no decirlo en voz alta– el lugar más necesario para combatir los dogmatismos.

El escritor anotó en su Breviarium vitae esta reflexión: “Posición ante la cultura: extraigo consecuencias sobre todo para seguir andando”. Y de andar se trata, de andar enriqueciendo el pensamiento, de andar colocando en el centro de nuestros universos la persona humana y el patrimonio cultural que proyecta.

Hoy es un día excelente para renovar el compromiso de seguir practicando la cultura al servicio de lo que el humanismo requiere para perfeccionarse: la tolerancia. Tolerancia para comprendernos, como decía Gil-Albert, para considerarnos, para distinguirnos, no unos de otros sino unos a otros.

Lo escribió en La trama inextricable, el mismo libro en el que recordaba el regreso a Valencia en 1947. La Tolerancia, con T en mayúscula, “no es una diosa –decía–, es una cualidad humana”. “No sé si instintiva –razonaba–, tal vez no. Conseguirla reclama un trabajo ímprobo, una labor delicada y voluntariosa”.

Ese trabajo ímprobo, esa labor delicada y voluntariosa con el mismo objetivo, es nuestra apuesta.

Señores miembros del Consell Valencià de Cultura, bienvenidos al Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert. Hay una palabra que se repite en la denominación de nuestras dos entidades: la palabra Cultura. Seguramente hoy se sentiría satisfecho Juan Gil-Albert de la presentación de esta palabra ligada, no sólo a su estética literaria, sino al humanismo que practicó. Es un modo de hacerle justicia.

Un día él aceptó cuidar un tesoro. Continuemos también nosotros cuidando este otro: el tesoro cultural que nos legó.

Muchas gracias.

JOSÉ FERRÁNDIZ LOZANO, director cultural del IAC Juan Gil-Albert

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Categorías:Discursos

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1 respuesta

  1. Precioso discurso!!!!!

    Enviado desde mi iPhone

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